La Razón 26/05/2013
A estas alturas de la historia, casi todo se ha sabido de la guerrilla del Che Guevara y su paso por Bolivia. Muchos documentos fueron recuperados y yacen en el Archivo Militar, que, sin embargo, no se abren a los investigadores. No hay necesidad de ese celo, aunque el resguardo puede convertirse en un riesgo para la historia.
Cómo andamos en materia de documentos que sustenten la memoria histórica de los sucesos guerrilleros de Ñancahuazú en 1967 y la presencia de Che Guevara en Bolivia? La pregunta se torna muy pertinente cuando nos aproximamos al medio siglo de que esos hechos ocurrieran.
Lo que diferencia al verdadero historiador del mero intérprete de la historia es lo que José Roberto Arze llama la “administración de la prueba”. El que simplemente “interpreta” la historia hace afirmaciones más o menos aceptables de acuerdo con su sagacidad y habilidad. El historiador, en cambio, respalda con alguna prueba lo que dice.
En la historia, lo mismo que en el derecho, las pruebas son de dos clases principales, apunta el académico boliviano: las materiales y las testimoniales. “Las primeras son objetos físicos ‘portadores’ de información: documentos, escritos, sonoros, visuales, etc. Las segundas son ‘declaraciones’, evocaciones o recuerdos de quienes han sido ‘testigos’ de los hechos”.