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    ‘PAN COMIDO’ - Retrato de un viejo comunista

    La Razónnegro josp

    Ese puñado de combatientes eran los únicos sobrevivientes de la guerrilla que el Che había iniciado ocho meses antes. Tres bolivianos y tres cubanos: Inti (Guido Peredo), Darío (David Adriázola) y Ñato (Julio Méndez); Pombo, (Harry Villegas ), Benigno (Dariel Alarcón ) y Urbano (Leonardo Tamayo).

    En un periplo digno de novela, los seis hombres lograron salir del teatro de operaciones rompiendo el cerco militar (Ñato, herido en matarla, prefirió morir antes de caer preso del ejército). Después, clandestinos y perseguidos, llegaron a Santa Cruz y siguieron a Cochabamba. Para enero de 1968, se sabía que estaban en La Paz. Las fuerzas de seguridad del Estado estaban detrás de ellos. A mediados de febrero, finalmente, una noticia dio vuelta al mundo: los tres cubanos habían logrado cruzar a pie la frontera de Bolivia con Chile. Estaban a salvo.

    En el último capítulo de su aventura, acaso el más dramático, los cubanos fueron conducidos a través del desértico altiplano orureño por dos militantes del Partido Comunista de Bolivia (PCB): Efraín Quicáñez Aguilar (Negro José) y Estanislao Vilca Colque (Tani).

    Cuarenta y tres años después, Efraín Quicáñez decidió, finalmente, contar su versión de la historia. A sus 81 años, impresiona por su lucidez, por su fortaleza física y por su impecable memoria. Está a punto de salir su libro, al que ha titulado Pan comido. Memoria de la operación rescate de los guerrilleros sobrevivientes del Che. En sus páginas reconstruye minuciosamente la misión que le cupo organizar y dirigir.

    ¿Por qué Pan comido, don Efraín? A fines de 1967, el Comité Central del PCB se reunió clandestinamente en La Paz para discutir el informe de su máximo dirigente, Mario Monje, sobre la controvertida ruptura entre el PCB y el Che en diciembre de 1966. “En uno de los intervalos del encuentro”, cuenta Quicáñez, “los compañeros conversaban y tomaban café en grupos; en uno de ellos hablábamos Monje, Jorge Sattori y yo. Ellos buscaban alternativas por dónde sacar a los guerrilleros sobrevivientes. Se les notaba muy preocupados. Al percibir esa preocupación, no sé si por inoportuno o metiche oficioso, les dije: ¿Por qué se preocupan? Y lancé una frase afortunada o desafortunada: ‘Pero si eso es pan comido’. Sorprendidos, me preguntaron cómo. Sin detalles les respondí: ‘Por la frontera con Chile, sin mayores inconvenientes, en un vehículo”.

    Poco después, Quicáñez, conocido como Negro José en la militancia comunista clandestina, recibió la misión de organizar el operativo.

    Nacido en la minera Llallagua en 1930, cuando recibió la misión, Negro José tenía 38 años, pero ya era un viejo comunista. Había ingresado al PCB a sus 22 años, cuando era un joven obrero de la fábrica de zapatos Zamora de Oruro.

    Para la misión escogió como su compañero a Tani, Estanislao Vilca Colque, un campesino de 29 años que, como buen sabayeño, conocía todos los caminos del altiplano.

    El plan era en verdad ‘pan comido’. En un transporte, por vías recorridas sólo por contrabandistas, en una zona con poca o nula presencia estatal, se podía llegar a la frontera con Chile en ocho horas.

    Pero las cosas se dieron de otra manera. El 8 de febrero, cuando empezó la travesía, el desborde del río Desaguadero inundó el altiplano y lo hizo intransitable. Además, a última hora, Inti decidió que ni él ni Darío, por razones que hasta ahora se discuten, no serían de la partida.

    Los planes cambiaron sobre la marcha: el viaje duró mucho y se hizo en su mayor parte a pie y enfrentando situaciones de extremo peligro. Pero también hubo una consecuencia personal: Negro José, que había salido de Oruro, donde dejó a sus seis hijos, para una misión de pocos días, sólo volvería a pisar su patria 12 años después.


    ¿Qué sintió, don Efraín, ante ese giro del destino? “Los  miembros de la comisión nacional de organización del PCB”, responde con una disciplina aprendida en décadas de militancia, “éramos revolucionarios profesionales, vivíamos para la revolución. A partir de 1960, ya casi no estuve en casa, estaba organizando el partido en todo el país, a casa llegaba sólo por temporaditas...”

    Historia
    Pan comido es una pormenorizada crónica de esas jornadas, en las que bajo el cielo altiplánico cinco comunistas se jugaron la vida para alcanzar la frontera. A más de 40 años de los hechos, que en su momento suscitaron un apasionado interés general, el relato de Quicáñez tiene ahora sobre todo valor histórico. Pero  también tiene el valor del testimonio de un militante que durante décadas decidió callar ahora dejó su palabra escrita.

    Finalmente, Negro José y Tani, con el ejército mordiendo sus pasos y salvando todas las dificultades, cumplieron su misión: llegaron a Chile con los guerrilleros cubanos.

    El resto de la historia es conocida. La izquierda chilena se movilizó a la frontera para proteger a los guerrilleros. Salvador Allende, entonces Presidente del Senado chileno, los acompañó y logró negociar la salida de los cinco rumbo a Cuba. Ese largo periplo los llevó, en tiempos de la Guerra Fría, por la Isla de Pascua, Tahití, Singapur, París, Praga y Moscú antes de aterrizar en el aeropuerto de La Habana, donde fueron recibidos como héroes.

    “Cuando  el avión aterrizó en el aeropuerto José Martí”, cuenta Quicáñez, “me tocó ser el primero en salir y vi aquella pista cubierta de verde olivo. Pero lo más emocionante fue cuando llegué a la puerta del salón y veo la figura del Comandante (Fidel Castro). Nunca había pensado verlo de cerca, menos que me diera la mano y un abrazo. Ese hecho  colma con creces todo sacrificio en mi vida de revolucionario. No quiero nada más en la vida”.

    Efraín Quicáñez se quedó 10 años en Cuba, donde tiene una hija. En 1980 regresó a Bolivia. Durante 12 años trabajó como mensajero en la COB. En 1990, su partido, el PCB, lo expulsó de sus filas, como él dice con ironía, “por ser comunista”.

    Estanislao Vilca regresó a Bolivia clandestinamente en 1969. Se integró al Ejército de Liberación Nacional (ELN). En julio de 1970, bajo el nombre de Alejandro, volvió a las montañas: marchó a la guerrilla de Teoponte. Murió el 27 de septiembre de 1970 en Santa Rosa del Mapiri.

    Pombo es general del ejército cubano. Urbano permanece en la Isla. Benigno, en 1994, salió de Cuba y desde entonces vive como asilado político en Francia. En 1999 publicó sus memorias en las que acusa a Fidel Castro, a la ex Unión Soviética y al Partido Comunista de haber traicionado y abandonado al Che a su suerte en Bolivia.

    Guerrilleros invisibles

    Un fragmento del libro ‘Pan comido’. La marcha por el altiplano orureño...

    Efraín quicáñez Aguilar

    Al reiniciar la marcha teníamos cielo despejado, lo que presagiaba un día caluroso en pleno altiplano en donde es difícil encontrar sombra. Era 10 de febrero...

    Hacia el Sudoeste se avistaban serranías y hacia el Este haciendo horizonte se extendía el impresionante altiplano, empañando la vista por el reflejo del sol que caía sobre el salitre que cubre toda esa inmensidad de pampa blancuzca como una límpida sábana.

    Este único y estremecedor paisaje acompañaba nuestra marcha forzada, recordarlo después de tantos años me estruja el pecho cansado por el peso del tiempo...

    Cerca del mediodía, encendimos uno de los dos radiorreceptores que llevábamos para saber si habían difundido noticia alguna sobre los guerrilleros sobrevivientes, no había señal que nos preocupe, sólo escuchamos el desfile cívico en conmemoración al aniversario del levantamiento en Oruro.

    Llegamos a un terreno arenoso y extenso y con alguna vegetación del altiplano: paja brava y th’ola. Acampamos. El menú del día fue sardinas enlatadas y pan. Se formó un ambiente de conversación franca. Los compañeros cubanos recordaron algunos detalles de la Campaña Guerrillera del Che en Ñancahuazú y la herida mortal que inmovilizó al Ñato (Julio Méndez Korne)” combatiente boliviano que junto a los cubanos salvaron el cerco militar. Benigno contó cómo murió Ñato en Mataral (...)

    Al anochecer, encontramos una “ch’ujlla”, un refugio hecho de piedra, es el lugar donde se protegen los pastores del mal tiempo. No encontramos a nadie, nos instalamos, recogimos leña, preparamos un caldo de sobres y procuramos dormir. El río Barras ya no quedaba muy lejos.

    Al día siguiente, nos levantamos muy temprano, tomamos un té y continuamos la caminata. Atravesamos dos lomas y teníamos el río a la vista. Mucho antes del mediodía llegamos hasta la orilla y justo para el día señalado: 12 de febrero. Cuando nos disponíamos a descansar mientras llegara el camión convenido, el tranquilo caudal empezó a enturbiarse y aumentar su caudal velozmente. Tani alarmado gritó que de inmediato debíamos cruzar el río. Ya en la otra orilla, nos explicó que se trataba de un fenómeno que ocurría a determinadas horas de la mañana. Buscamos un lugar dónde escondernos a la espera del camión.

    La espera por el carro fue inútil. “Almorzamos” otra vez sardinas enlatadas. Tratamos de pasar el tiempo durmiendo por turnos. La espera se hizo preocupante. Resolvimos qué acciones debíamos seguir en caso de que el camión no llegue durante el resto de la tarde. El sol ya empezaba a esconderse detrás de la serranía y ninguna noticia. En ese momento apareció, en el lado opuesto de la orilla en donde nos encontrábamos, un camión que no era el que esperábamos.

    Decidimos embarcarnos en ese camión, debíamos decir que éramos miembros de los “Cuerpos de Paz” (de esos que disponía Estados Unidos) y que teníamos urgencia de llegar hasta Sabaya.

    Frente al chofer, Tani y yo repetimos el plan, para pedirle que nos llevara hasta Sabaya. Él respondió que su destino, el de sus pasajeros y la carga era otra población fronteriza, pero podía llevarnos hasta el cruce del camino entre ambos pueblos. Decidimos embarcarnos y correr el riesgo de que algún pasajero reconozca a los cubanos.

    Habíamos acordado que los compañeros no pronunciarían ninguna palabra para no revelar su acento extranjero y se cubrirían el rostro con pasamontañas. Subimos a la parte trasera del camión y formando un solo grupo nos cubrimos con frazadas.

    El camión avanzó por el camino malogrado y dando violentos barquinazos al atravesar baches formados por barro. Aproximadamente a la medianoche, arribamos al pueblo de Huachacalla en donde estaba acantonado un regimiento del Ejército. El chofer paró en el puesto de control. Un par de soldados treparon a la carrocería del camión, observaron rápidamente y bajaron sin pedir documentos a los pasajeros, quizá por el intenso frío y la llovizna. Conteníamos la tensión nerviosa sin despertar sospechas.

    Algunos pasajeros bajaron a tomar café caliente. Tani hizo lo propio y volvió trayendo lo mismo para nosotros en el camión. El chofer ocupó más tiempo de lo esperado antes de partir. Ese espacio de espera se hizo interminable y preocupante, pero ninguno de nosotros perdió el control. Al fin continuamos el viaje. Por fortuna, no pidieron documentos a nadie, de ser así estábamos perdidos...

    El chofer anunció que habíamos llegado al cruce a Sabaya. No fue de nuestro agrado. Nos pidió que bajáramos. No estábamos entusiasmados en dejar el camión en una noche tan fría. Tani y yo bajamos del camión y propusimos al chofer que nos transportara hasta Sabaya por la urgencia que llevábamos y que le pagaríamos por ello. Mostró interés por el dinero, pero dudaba sobre si aceptaba o no. Los pasajeros empezaron a exigir que el camión no se desvíe de su destino original. Insistimos con el pago y el chofer preguntó cuánto estaríamos dispuestos a pagar. Le ofrecimos el doble del pasaje regular, él regateó por un precio mayor. Finalmente, aceptó el triple. Los pasajeros no dejaron de protestar, pero él les dijo que también tenía necesidad de ganarse unos pesos extras y les prometió que llegarían a su pueblo a tiempo.

    El camión recorría hacia Sabaya por un camino deteriorado, más de una vez necesitó de la fuerza de los pasajeros para sacarlo del fango en que quedaba atrapado. No tardó en enterrarse hasta el eje en un terreno arenoso, esta vez no sirvieron nuestros esfuerzos.

    Ya empezaba a clarear el día y los cubanos corrían el riesgo de ser reconocidos por los demás pasajeros. Pagamos lo convenido y nos alejamos del lugar con el argumento de nuestra premura de llegar a Sabaya.

    Es posible que entre los pasajeros hayamos despertado sospechas —sobre todo de un pasajero que también quería llegar a Sabaya en bicicleta desde el cruce— por el triple pago y por abandonar al camión varado a pesar de nuestra urgencia de llegar a Sabaya cuanto antes...

    Cerca del mediodía nos alejamos al costado del camino buscando protección entre pajonales para descansar y comer la última ración de sardinas. En ese momento apareció el ciclista, levantó la mano para saludarnos y siguió sin detenerse rumbo a Sabaya, que ya se divisaba a lo lejos.

    Reanudamos la marcha y estando cerca de Sabaya, evaluamos la conveniencia de seguir eludiendo a la población o entrar a ella. Decidimos indagar sobre la situación del chofer que debía recogernos en el “río Barras”, el que nunca llegó y nos obligó a tomar el camión comercial de pasajeros y carga con los riesgos que corrimos. Se comisionó al compañero Tani para que entrara al pueblo puesto que era oriundo del lugar. Cuando retornó, informó que no había señales del tal chofer ni de su camión, que no se le veía hace días en Sabaya.

    Arbolito era el encargado de garantizar que el chofer —que era conocido suyo— nos recogería en el río Barras y trasladarnos en su camión hasta la frontera.

    En ese momento, nos preguntamos si éste se había acobardado o Arbolito no había hecho el contacto. Ya cayendo la tarde, decidimos emprender nuevamente la marcha evitando el pueblo y a su gente como estaba planificado.

    La lluvia volvió a acosarnos. Ya de noche, al borde de la serranía que rodea Sabaya, encontramos una cueva y allí nos guarnecimos del temporal que aumentaba. Tani propuso ir nuevamente al pueblo, cuando retorno sugirió que esa noche podíamos descansar en la casa de un primo suyo y que al día siguiente había la posibilidad de contratar un carro. Nos rendimos ante esta posibilidad de descansar bajo techo y comer algo caliente.

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